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OTRA VEZ PREMIADO

Por WALTER SPURRIER BAQUERIZO

Nuevamente, los viajeros catalogaron al aeropuerto guayaquileño entre los mejores del mundo para su volumen de tráfico. No tiene paragón en Latinoamérica.

Se evidencia el acierto municipal: al inicio de la administración Nebot se optó por un proyecto realista: se concesionó el aeropuerto, construyó una moderna terminal, amplió la pista.

La concesión da excelente servicio y el Municipio recibe rentas anuales que promedian $15 millones que se depositan en un fideicomiso para el nuevo aeropuerto.

Para 2020, habrá unos $250 millones y Guayaquil se dotará de un aeropuerto de primer orden en terrenos municipales en Daular. Se acaba de recibir el estudio que ratifica que Daular ofrece óptimas condiciones para la aeronavegabilidad.

Esto es planificación con óptimos resultados sin carga para el Estado. Guayaquil no está pidiendo que se le financie o garantice una obra faraónica.

Pero esta estrategia sensata resultó peligrosa. La revolución ciudadana es centralista, y dos proyectos de ley privarían a Guayaquil de asegurarse su futuro como puerto aéreo.

El proyecto de empresas públicas obligaría a que afines de cada año, los excedentes de entidades públicas pasen a la cuenta única del Tesoro; con lo que los $100 millones para el nuevo aeropuerto que hemos aportado los usuarios del Olmedo, pasarían al gobierno central.

Otro proyecto, de “autonomía y descentralización” le quitaría al Municipio sus competencias y los fondos que ha acumulado para el nuevo aeropuerto.

Con uno u otro, Guayaquil para tener un moderno aeropuerto quedaría a merced del gobierno central. El Presidente manifiesta su propósito de convertir al aeropuerto de Manta en intercontinental. Guayaquil pasaría a un tercer plano.

El Presidente y Alianza País tienen hoy todos los poderes; pueden hacer lo que quieran. Pero tarde o temprano esta ciudad con la quinta parte de la población nacional, que sirve a la economía de la Cuenca del Guayas y Golfo de Guayaquil, además del Austro, despertará a este intento de minimizarla, y les pasará factura.

La calificación óptima del Olmedo también corre peligro de perderse por culpa de las entidades del gobierno central.

El lunes 13, los viajeros que llegaron del exterior, tuvieron problemas para entrar en la atestada sala de migración, puesto que llegaban en mayor número de los que pasaban el control. Sólo 10 oficiales de migración estaban presentes, a pesar que hay cabinas para 20.

La demora en migración significó que los pasajeros no recogían su equipaje oportunamente. Se saturaron las tres bandas rodantes; las maletas fueron trasladadas al piso. Los pasajeros tuvieron que buscarlas por doquier; se mezclaron las de los distintos vuelos.

Finalmente, encontrado el equipaje, tuvieron que hacer el engorroso trámite aduanero, para cuyo propósito hay 5 máquinas de rayos X. Pero la Aduana tuvo sólo 2 equipos operando (más adelante se habilitó un tercero). Las filas de los pasajeros iban en espiral dentro de la sala, sorteando el equipaje regado.

Los pocos funcionarios de Migración y Aduana, sobrecargados.

Sea por arrogancia ante el usuario, ineficiencia, o deseo de boicotear el servicio del aeropuerto de Guayaquil, el gobierno central y sus dependencias, en lugar cooperar, se convierte en el más acuciante problema.





 

 

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