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CRISIS FINANCIERA
Por WALTER SPURRIER BAQUERIZO
"No hay consenso si la actual crisis financiera de Estados Unidos afectará a la economía real."
Escribo a lo que expira una muy movida semana en la bolsa de valores de New York, con días de colapso y otros de recuperación.
En 1929 se desplomó la bolsa y en 1931 se desató una crisis financiera; quebraron bancos que receptaban depósitos. El seguro de depósitos se creó como consecuencia. La crisis actual atañe a bancos de inversión, que no captan sino que operan con papeles fiduciarios; el valor perdido es en estos instrumentos. Esa es la diferencia crucial.
En la última década se desarrollaron los papeles “derivados”, muy rentables pero de difícil valoración. Entre éstos, la titularización hipotecaria y los seguros contra moratoria que adquirieron notoriedad en el país con los pativideos.
Los bancos de inversión e instituciones relacionadas operan entre sí en derivados con el propósito manifiesto de repartir riesgos. Pero como denunció en 2002 el exitoso inversionista Warren Buffet, con frecuencia estas operaciones tienen como objetivo que los corredores ganen comisiones y los banqueros reciban bonos por buen desempeño, sin beneficio para el accionista del banco; estos derivados son “armas financieras de destrucción masiva”, señaló.
Como secuela de la crisis deberían subir las tasas internacionales de interés. Pero más allá de ello, no hay consenso.
Hay quienes estiman que el crédito escaseará para las actividades productivas, profundizando la desaceleración económica mundial. Otros consideran que se exagera; que el crédito que desaparece es el especulativo entre instituciones financieras.
La ortodoxia dice que en casos como éste debería dejarse que quiebren los bancos: se incurre en “riesgo moral” al rescatar a los imprudentes. La izquierda coincide denunciando la socialización de las pérdidas.
Las autoridades de los Estados Unidos reaccionaron en forma masiva con el salvataje de dos gigantescas entidades hipotecarias, la más importante aseguradora, y se han comprometido como solución sistémica a la compra de la cartera hipotecaria aproblemada de la banca. Estiman que sin salvataje, habría una crisis financiera generalizada de drásticas consecuencias.
Los críticos consideran que el remedio es peor que la enfermedad. Que el salvataje traerá cola.
Volvamos al Ecuador. El proyecto de nueva constitución (en art. 308) contempla que “la regulación y el control del sector financiero privado no trasladarán la responsabilidad de la solvencia bancaria ni supondrán garantía alguna del Estado”.
Es lo ortodoxo. Pero no parece prudente desechar a priori a nivel constitucional una herramienta de política bancaria que en determinadas circunstancias pudiese considerarse la opción menos mala.
Ojalá el gobierno no tenga que arrepentirse de haberse puesto esta camisa de fuerza.