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UNION LATINOAMERICANA

Por WALTER SPURRIER BAQUERIZO

"La prioridad que el gobierno le da a la integración regional es utópica e incluso arriesgada."

El 5 de agosto, Lula, Chávez y Cristina se encontraron en Buenos Aires para darle un nuevo impulso a la integración regional.

Brasil y Argentina, las dos más importantes economías de América del Sur, constituyen el núcleo del Mercosur, el más importante de los proyectos de integración regional. Los otros dos socios, Uruguay y Paraguay, reclaman que existe asimetría en los beneficios del Mercosur.

Chávez, que quiere ingresar al Mercosur, anunció otro grandioso proyecto, un ferrocarril de Caracas a Buenos Aires. No precisó si lo cumpliría antes o después del gasoducto de Venezuela al sur del Continente que anunció en ocasión anterior.

Los líderes latinoamericanos son sinceros cuando hablan de unidad. Pero en el momento de tomar acciones concretas, no pueden soslayar hacerlo con miras a la estricta conveniencia de cada país.

Para las negociaciones de comercio internacional, a diferencia de la Unión Europea, Mercosur no tiene delegado único. A la reunión de Doha en Ginebra, se suponía que Brasil y Argentina llevaban una posición común, entre ellos y con China y la India, en un bloque de grandes economías en desarrollo.

Pero en el punto álgido de las negociaciones, cuando los países desarrollados aceptaban bajar los aranceles a los productos industriales a cambio de que los países en desarrollo acepten reducir los aranceles agrícolas tuvieron posiciones contrapuestas. Brasil estuvo a favor, mientras que Argentina, a la par que China y la India, estuvo en contra, y las negociaciones fracasaron en julio 30.

¿Quién tenía la posición correcta, y quién la incorrecta? En los dos países primó lo que más convenía a sus respectivas economías.

Brasil ha experimentado un importante desarrollo económico, y le conviene la reducción de los aranceles a la agroindustria. Si bien los aranceles para productos agrícolas son bajos en los países desarrollados, excepto en casos de productos subsidiados como el algodón en los Estados Unidos y el banano en la Unión Europea, el arancel sube en cada etapa de industrialización: podrá no haber arancel al cacao en grano, por ejemplo, pero sí a los chocolates. Una reducción en el arancel industrial incidirá en un mayor valor agregado de las exportaciones brasileras.

En cambio la Argentina considera que aún tiene que proteger a su industria, y que con la baja arancelaria se quedaría exportando soya, trigo y carne.

Por supuesto que no tiene nada de malo que un país tome decisiones en relación a sus conveniencias. Todo lo contrario, así debe ser. El énfasis que este gobierno le imprime a la política externa, un empeño por ejercer un liderazgo que acelere la integración regional, es utópico. Y en la medida que apuesta a la integración como eje del desarrollo, incluso arriesgado.


 






 

 

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