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EMPATAR – GANAR

Por MELISA SPURRIER

Durante nuestra niñez, cuando competimos en algún deporte o concurso, el objetivo es ganar. Es una visión que implica exceder a alguien en algo.

Al crecer, continuamos con ese deseo: los empresarios manejan estrategias para ser los primeros en ventas, los políticos para ganar una elección, los deportistas para recibir una medalla de oro.

Desde esta perspectiva, empatar no es deseable: aunque es mejor perder, es menos que ganar.

En el mundo de las relaciones humanas, ganar, en el sentido de dejar a los otros atrás, no siempre es lo más conveniente. En otras palabras, empatar puede ser más provechoso.

En una relación sentimental, cuando una pareja “negocia” sus salidas y siempre termina haciéndose lo que uno dice, la aparente ganancia de uno, será una pérdida para ambos. ¿Por qué? Porque aunque uno siempre “gane”, en el otro irá gestándose una sensación de injusticia. Este resentimiento puede terminar en separación.

Lo mismo sucede en el ámbito laboral. Si alguien percibe que un vendedor lo perjudica en una negociación, es probable que deje de hacer negocios con dicha persona. La ganancia inicial del vendedor, termina en perdida.

Lo conveniente es que tanto vendedor como comprador deben quedar satisfechos.

Es decir, solo cuando hay un empate, se puede considerar un verdadero triunfo. ¿Estamos educando a los niños y jóvenes para ello?


 

 






 

 

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